Aniversario de María… Recuerdos de la Memoria Colectiva

“Todos Estamos Bien”  por Laiana I. Lugo Santori

En Mayagüez los vientos comenzaron a las siete de la mañana un 20 de septiembre del 2017. Ya con el sueño espantado y un tremendo revuelco en estómago, quedé sentada hasta entrada la noche del mismo día, observando como la naturaleza comenzaba a sacudirse. Afuera todo estaba gris, las hojas revoloteaban por todas partes y el agua se metía por debajo de la puerta. El viento rugía, acariciando las paredes de nuestro edificio donde yacíamos, guarecidas en un apartamento de un segundo piso. De vez en cuando, el huracán silbaba, un pitido agudo, como si se estuviera divirtiendo. Toda esta orquesta iba a la vez acompañada por el sonido esporádico del tronco de un árbol cediendo, las fibras de la madera partiendo, poco a poco abriendo paso para que nos diéramos cuenta que “detrás de los árboles vive gente”, como dijo un grafiti creado post huracán. Aún con el estruendo del poder inimaginable de María, lo más impresionante no fueron los monstruosos sonidos del viento constante, si no el silencio total después de la tormenta.

Se escucha la estática de un radio de baterías. Se cambia la estación. Silencio.

De pronto quedamos en un abismo de oscuridad. Las barras superiores de los teléfonos leen “No Servicio”. No sabíamos de nadie que no fuera el vecino inmediato, las calles estaban inhabitadas, árboles y escombros bloqueando el camino, no había gasolina y nada estaba abierto. Por un espacio de tiempo que parecía eterno, quedamos en la oscuridad, como apartados de la civilización.

De pronto comienza a surgir una conexión por la radio. Al principio, sólo se escuchaban voces inteligibles que poco a poco iban ganando claridad…

“…si alguien nos escucha desde Cleveland, Ohio o la República Dominicana, o a cualquiera que nos esté escuchando, esta es Nilsha y Carmen, favor llamar a mi hermana Chelsea a la República Dominicana al 809-697-0078 o a mi hermano, Bernardo en Cleveland, Ohio al 201-786-9008, déjenle saber que toda la familia está bien y que los amamos…”

“…queremos dejarles un mensaje a nuestra familia en Texas, para que sepan que la familia esta bien, abuela y abuelo están bien, la casa esta bien y todos estamos bien…”

“…al que pueda llamar a mi hija en Florida para decirle que la amamos y que todos estamos bien…”

“Todos estamos bien… (un sollozo leve)”

Por las próximas semanas las frecuencias radiales se inundaron de mensajes. Algunas voces se rompían, otras hablaban sin cesar, mencionando nombres, números de teléfono, direcciones, y buscando familiares.

Al parecer  nos habíamos preparado para todo, menos estar incomunicados. Nos acostumbramos a una vida rápida en la que cualquiera estaba al alcance de nuestras manos, solo teníamos que llamar. De pronto viramos unos treinta años atrás, a la era de dejar notitas, de ponerse de acuerdo con horarios y puntos de encuentro. La era de hablar sin cesar, probando la felicidad de finalmente saber de un ser querido del cual no sabias nada.

Casi entrando en la segunda semana después de María, recuerdo el día en que marcamos por casualidad el número de nuestra prima que reside en Texas. Sonó el tono del teléfono y estábamos preparadas para el inevitable mensaje automático que nos comunicaría que la llamada no se puede realizar. De pronto la voz de mi prima rompe el silencio de la línea telefónica. La casa se inundó de alegría, gritábamos como locas por finalmente saber del mundo exterior a nuestra tragedia. Nos peleamos entre sí para hablar con la prima, para contarle las travesías que habíamos pasado durante el huracán y después cuando salimos a buscar agua y terminamos llenando candungos en un desagüe de un techo que encontramos de casualidad. Pasaron dos horas, ella contando la imagen terrible que proyectaban redes de comunicación sobre Puerto Rico y nosotras de la odisea que era ver entrar la noche sin poder prender una luz, jugar juegos de mesa alumbradas por la llama de una vela, y despertar diez veces de madrugada, enchumbadas de sudor, sin poder conciliar el sueño tranquilo. Jamás había vivido una catarsis tan purificadora como la de aquel día.

Durante los próximos días aquel teléfono landline, ignorado hasta el momento, convirtió nuestra casa en un pequeño centro de comunicaciones. La vecina vino a hacer llamadas, recibimos y enviamos mensajes de distintas personas dentro y fuera de la isla, creando una inmensa cadena de comunicaciones que nos llevó hasta el Hospital Perea a llevarle un mensaje a una madre de su hija que vivía a fuera.

Dentro de la tragedia, de los muertos, los enfermos, los perdidos y la inmensa tristeza de salir afuera y verlo todo destruído, la ironía del caso fue que terminamos concluyendo que todos estamos bien.

Es increíble pensar que ya ha pasado un año de ese evento que marcó la vida de todos. Este relato, lo escribí para el tiempo del huracán. Aquel tiempo que parece tan distante, casi como si fuera un sueño.

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